La Iglesia Procura que los fieles se acerquen con frecuencia a recibir la Sagrada Comunión para acrecentar en ellos la unión con Cristo. La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico.
Dada la numerosa participación de los fieles en las celebraciones eucarísticas dominicales, o en otras misas, y el número creciente de enfermos y ancianos en sus casas, en hospitales y geriátricos, se necesita un mayor número de ministros para la distribución de la Comunión.
En razón de esa necesidad, para que la Sagrada Comunión pueda llegar a todos los que la necesitan y pidan, la Iglesia permite la institución de Ministros Extraordinarios de la Comunión.
Tal facultad constituye, sin duda, una verdadera ayuda tanto para el celebrante como para los fieles. La designación de un ministro extraordinario no es entonces para distinguir a una persona, sino para prestar un servicio. Por eso la elección deberá basarse exclusivamente en la idoneidad del candidato y en la necesidad de su ministerio en la comunidad y deberá ejercerlo sólo cuando se dé esa necesidad.
El laico designado ministro extraordinario de la Comunión deberá distinguirse por su vida cristiana, por su fe y sus buenas costumbres. Deberá estar suficientemente instruido para cumplir su oficio. Se esforzará por ser digno de él, cultivará la devoción a la Sagrada Eucaristía y dará ejemplo de respeto al Cuerpo de Cristo. La idoneidad también implica no estar impedido por razones de salud, por la edad avanzada o por falta de tiempo.
En la administración de la Comunión debe evitarse cualquier peligro de irreverencia al Santísimo Sacramento, al cual debe rendirse el máximo honor. Por ello a la reverencia debe unirse la sencillez evitando exageraciones inútiles.
El ministro al distribuir la comunión a sus hermanos procurará acrecentar su caridad fraterna de acuerdo al mandamiento del Señor que dijo: "Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros".