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EL QUE PERMANECE DA FRUTO ABUNDANTE

Jesús utiliza el símbolo de la vid. La condición para que el sarmiento dé fruto es que tiene que estar unido a la vid.

Siempre me ha impresionado cómo el sarmiento está torcido y retorcido, y cómo su corteza asemeja más la de un árbol centenario que lo que es, un simple sarmiento.

Inmediatamente me trae a la memoria al ser humano: ¡cuán torcidos y retorcidos somos en nuestros propios egoísmos, en el creernos independientes, «reyes» de nuestras malcriadeces, en nuestro trato con los demás!

La vid comunica la vida y Jesús nos dice que Él es la vida, y que solo si estamos unidos a la vid damos vida. Esto es lógico, lo vemos y entendemos. No obstante, nos creemos que podemos todo sin Él, sin Jesús, sin Dios, o —lo que es peor— utilizamos Su nombre para proceder desde nuestro albedrío, sin reconocerlo a Él como Dios, vida y vid, y a nosotros como lo que somos: simples sarmientos.

La condición necesaria para «dar frutos» es permanecer unido a la vid. ¿Qué frutos? Los frutos de la vida: el amor, la paz, la serenidad, el sosiego, la justicia, la honestidad, la verdad, la esperanza.

Por nuestros frutos seremos conocidos. Frutos no son los que uno dice, ni los que uno quiere, sino los que en efecto damos y proveemos a los demás.

La calidad de una vida se percata en la sencillez, diafanidad y en la capacidad de recepción que tenga de los otros.

La persona, el calibre de la persona es medible por la capacidad de su afectividad; y esta es, a su vez, medible por la capacidad de comprensión, perdón y amor que da a los demás: estos son los frutos.

Fruto es aquello que alimenta, que da vida; no la vida de uno, sino la vida que viene a través del sarmiento, instrumento que soy yo, de la vid; vida que es Jesús.

Unidos, pues, a la vid, daremos vida; y la vida será la de Dios.

Escrito Por: jorgeluis
Fecha Publicación: 08/05/2009
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