Vivimos en un mundo postmodernista que ha tratado de prescindir de Dios. Un mundo de Internet, chips, comunicaciones, que hace creer a la humanidad en sí misma, de tal manera que excluye a Dios. No obstante, este mundo electrónico, telecomunicativo, avanzado, no ha resuelto el problema de la humanidad, donde más del 6% de la población, o quizás el 10%, está sumergida en los estratos más bajos de la ignorancia, miseria y del pauperismo. Un mundo de élites e islas, rodeadas por océanos de pobreza inmensa.
Nada ni nadie ha salvado ni salvará a la humanidad fuera de Jesús. La salvación no está en lo físico ni en lo material, sino en el interior mismo del ser persona.
Solo cuando el hombre, desde la cima de su prepotencia, de su egoísmo, descubre el vacío de su existencia, comprenderá que no es su vida, sino la vida, que no es su endiosamiento personalista, sino la exaltación de todo ser humano a lo que por derecho le corresponde: ser persona. Esto no es un problema ni político, ni social ni económico. Es consecuencia de una concepción errada y equívoca del ser persona.
En la medida en que la humanidad se deje arrastrar por la prepotencia provocada por el egoísmo, no saldrá de su esclavitud; y esta esclavitud la ahogará.
Solo en Jesús está la liberación, no como refugio, sino en la aceptación sin fanatismos de que no habrá estabilidad ni armonía mientras no haya un respeto profundo a todo ser humano.
Propagar la fe no es más que proclamar a todo hombre y mujer que Jesús es el Señor, el salvador del mundo.
No es esto sólo crear una "religiosidad", ni una vida de ritos. No. Es predicar, proclamar con la vida la fe, la esperanza y el amor, las tres virtudes teologales. La fe se hace vida, a todos los niveles y dimensiones, aquí y ahora: vida en las actitudes, en el modo de ser, de obrar, de proceder, una vida de discernimiento de los espíritus, una vida que opte siempre por la justicia, la verdad, la misericordia, que opte siempre por el ser humano, reconociéndolo como lo que es: criatura de Dios.
Proclamar la fe es ser persona de Fe, de Esperanza y de Amor. Es dejar que Dios sea Dios en uno, en los otros, en la familia, en la sociedad, en el mundo, aclamando la gloria y el poder del Señor; nada ni nadie, sólo Dios.
Hagámonos conscientes de que todo bautizado está llamado a propagar, proclamar y evangelizar. ¡Que nuestra vida esté comprometida en anunciar que Cristo es el Salvador del mundo!