P. José Antonio Esquivel, S.J.
El perdón es una de las características más sobresalientes del ser cristiano. La única oración que Jesús nos enseñó, "El Padre Nuestro", tiene en sí una petición y una promesa: Pedir el perdón de Dios, prometer el perdonar a los otros.
Quizás lo más difícil para una persona es perdonar, y esto hace muchas veces que no entendamos las actitudes cristianas que Jesús nos enseña de ser "lentos a la ira y ricos en clemencia", como lo es nuestro Dios para con cada uno de nosotros.
El perdón no es sólo un acto de uno hacia el otro, sino es una operación de uno mismo. Es duro, sumamente duro, recibir como respuesta un ataque, una infamia, una ofensa. Si uno lo acepta dentro de sí, esta situación cala hondo y hace grandes heridas. Uno simplemente tiene que percibir que el mal es casi siempre provocado por la proyección y las heridas abiertas y supurantes del otro, de los otros.
¿Cuántas discusiones ofensivas entre cónyuges, entre padres e hijos no nacen de heridas que hemos permitido que se hagan y que hemos mantenido abiertas y supurantes? Herimos desde nuestras heridas; proyectamos con mentiras, falsedades e insultos nuestra situación hacia los otros, y esto hace que el otro, los otros, se sientan mal y heridos.
Perdonar es reconocer tanto nuestra debilidad de dejarnos herir, como la debilidad del que hiere. Sí, el que hiere, aunque es el "opresor", de hecho es el "oprimido". El herido es también "oprimido" por el otro y por su propia susceptibilidad.
Nada ni nadie tiene derecho a quitarnos la paz. Somos nosotros mismos los que permitimos, que dejamos a otros que nos hieran. Perdonar es traspasar el ayer y vivir en paz. Quien no perdona no vive en paz. Quien no perdona va abarrotando su corazón de odios, envidias, celos, recelos, se victimiza, entra en un estado de autocompasión, crece la agresividad, la hostilidad y se seca su afecto, su corazón. Perdonar es alcanzar la libertad del alma. Quien no perdona se esclaviza. Y, lo que es peor, se deja dominar por el mal.
Jesús contesta a Pedro "setenta veces siete", lo cual es sinónimo de siempre. Perdonar es la actitud cristiana. Esto no implica obviar la justicia. Hacer justicia es necesario. El que dice que perdona evadiendo la justicia, no es digno de ser llamado cristiano.
Ahora bien, el perdón interior, la misericordia de Dios, abraza a todos, porque todos somos pecadores y todos estamos necesitados del perdón de Dios. El pedir a Dios que nos perdone lleva consigo la promesa nuestra de perdonar a los demás.
Dejemos que la misericordia y el perdón de Dios nos ayuden a ser lentos a la ira y ricos en piedad. Dejemos que el sabernos perdonados por Dios nos lleve a perdonar y así liberarnos.
Solo perdonando seremos libres.