P. José Antonio Esquivel, S.J.
El Salmista en la sabiduría que Dios le dio, repite insistentemente el deseo que escuchemos la voz del Señor y que, al oírla, no endurezcamos nuestros corazones.
Dios le habla al corazón del ser humano. Ese corazón nuestro que está tan lleno de rumores, de voces de ayer y de hoy, ese corazón nuestro tan herido y azotado por tantos sucesos, ese corazón nuestro que ha ido curando la callosidad de la desconfianza, del recelo, de la agresividad, de la defensa, corazón herido y lacerado. Dios le habla al corazón, porque es ahí que el ser humano puede comprender, sentir, entender.
El ser humano ha sido definido como "ser inteligente", pero de hecho, el ser humano es y debe ser definido por lo que verdaderamente es primario en él o ella: "ser afectivo". Uno puede ser muy inteligente, pero si no ha sido amado, si su vida afectiva sufre, su vida total sufre.
Dios es un Dios de amor, es un Dios afectivo. Somos criaturas, creadas por el amor de Dios.
Jesús con Su vida y Su predicación nos despliega el amor de Dios por nosotros. La intencionalidad de Dios es una: Su Amor. Lo que desea es que nos amemos los unos a los otros.
Pero con un corazón endurecido no podemos escuchar Su voz, voz de amor, voz de afecto. Con un corazón endurecido por las heridas, las susceptibilidades, las desconfianzas, los prejuicios, los odios, las agresividades, no podemos escuchar la voz de Dios.
Hay que romper la callosidad, el endurecimiento. Hay que poner nuestra fe, confianza y esperanza en Jesús. Hay que dejar que Él ocupe el centro de nuestro afecto, de nuestro corazón. Hay que erradicar otras voces, otros rumores de nuestro interior para que podamos oír Su voz.
Dios nos habla al corazón. Abramos nuestro corazón a Dios y así viviremos en Su Amor.